martes, 2 de septiembre de 2014

Del bakalao al techno y del techno al schranz: el viaje de ida y vuelta de Florida 135


Hace unas semanas colgué por aquí el flyer del primer Festival de Monegros, al que tuve el placer de asistir. Escribiendo ese texto refresqué muchas de las historias que durante unos años viví dentro del club oscense, un espacio tan importante en mi educación musical como las revistas, las audiciones de discos de mi padre, los programas de radio y las visitas a las tiendas de discos. Sin más pretensión que la de mostrar una de las muchas diapositivas de una época que disfruté en primera persona, decidí escribir este post. Algunos datos han quedado ahogados por el paso del tiempo y seguramente no sea justo con alguna de mis afirmaciones. Esto es lo que ha salido.

Situada al sur de la provincia de Huesca, Fraga es una ciudad que vive casi en su totalidad de la agricultura, principalmente cultivos de manzana, melocotón y pera, arremolinados todos entorno al río Cinca. También se cultivan cereales, almendras y olivas. La gran mayoría de habitantes hablan 'fragatí', una versión fronteriza del catalán, o un dialecto extraño del castellano. Se trata de un núcleo urbano alejado de cualquier centro neurálgico de negocios o servicios, atravesado por un río, rodeado de una montaña de piedra y seca arcilla y al pie del desierto de Monegros. Sólo la vieja Nacional 2 y una cercana entrada a la A2 la conectan con otras vidas. En ese contexto pero sin esas infraestructuras, Juan Arnau y su esposa fundan en 1942 Florida 135, un salón de baile de la época donde orquestas locales amenizaban las duras jornadas en el campo. Puedes leer la historia del club en este enlace o adquirir "Florida 135, cultura de club", el más que interesante libro que Mario Gistain publicó una década atrás. Saltemos ahora hacia los 90.

Como muchas de las discotecas que poblaban España hacia mediados de la década de los 90, Florida 135 seguía arrastrando la negra penitencia musical de la ruta del bakalao. El trepidante sonido mákina nutría de velocidad y tensión cada uno de los rincones de la geografía no solo catalana, sino peninsular. Canciones a 135 BPM de estribillos apitufados, interminables redobles de librería y arpegios básicos convivían todavía con viejas canciones de rock gótico, house melódico de bajo calibrado en su mayoría proveniente de Italia y viejos himnos valencianos en sesiones casi siempre predecibles. No había noche en ese tipo de discotecas en la que los residentes no acabaran sus sesiones con un hit de pop ochentero. Las coordenadas de las salas seguían girando entorno a ese sonido, en franca decadencia desde principios de los 90. Aunque esta sea la gran excepción, la transformación musical de las discotecas en las zonas rurales fue más complicada que en las grandes urbes. Son años de transición, tan interesantes en lo que concierne a la música y los espacios para disfrutar de ella como en el aspecto social.


Tanto en la zona de Cataluña como en la franja de ponent y norte de la Comunidad Valenciana, Nitsa es considerado, sino el primero, uno de los primeros clubes en adoptar las nuevas corrientes de música electrónica programando techno, house y, algo más tarde, el pujante big beat. La zona de Tarragona es la más cerrada en banda. El sonido mákina perdurará allí durante más tiempo debido a su proximidad geográfica con el epicentro del movimiento. De hecho muchos clubbers catalanes hacían su particular ruta empezando el viernes en discotecas de Sant Carles de la Rápita o Amposta, ambas ciudades muy cerca de la provincia de Castellón. En el otro lado del triángulo, Girona, ciudad fronteriza con la vecina Francia, donde la permeabilidad cultural es algo más normalizada, florecen algunos espacios interesantes. Blau o La Sala Del Cel son dos de ellos. Este último es una casa de tres plantas con terraza y piscina; en el conviven el ritmo trancero impuesto por un entonces principiante David Pastillas, una delirante sala de realidad virtual (así se veía el futuro entonces), un chillout (inédito todavía en el circuito clubber peninsular) y moda cibernética, con regueros de gente venida desde áreas turísticas de la costa brava, del sur de Francia (Toulouse era un foco constante de intercambio clubber entonces) y del norte, centro y oeste de Cataluña. Mientras tanto, las raves florecen de norte a sur y de este a oeste por toda la geografía catalana. Si en el Reino Unido, esas raves son frecuentadas por hinchas de fútbol, perroflautas y jóvenes de clase media (Simon Reynolds díxit), las que pueblan la geografía catalana reciben tanto a estudiantes y clubbers advenedizos como a jóvenes de estética skin. No es extraño ver peleas en ellas. La expansión de la música electrónica como fenómeno social es pues una realidad palpable.

Durante 1994, Florida 135 introduce algunos nombres internacionales, principalmente del sur de Francia y Alemania (el Frankfurt sound está pegando fuerte) y siempre acompañados de performances con las que no centrar el foco en la música y ensanchar la capacidad receptiva del público de la sala. J Rob, DJ Dag,  Pascal Kleiman o Jay Dee (flyer inferior) pasan por la cabina del club, entonces instalada donde después habitaría el control de iluminación de la sala. Cuando el estatus de los DJ's gana en importancia, la cabina se adecua al nuevo orden y pasa a ocupar la parte superior de la zona de la pista de baile, una posición privilegiada unos centímetros por encima de la zona de baile. Nombres de fuera conviven todavía con regulares de Valencia y Madrid (flyer superior). El pánico al cambio es manifiesto. Este flyer perteneciente a las fiestas del Pilar de 1994 va en esa línea.




Con este panorama las cosas no son fáciles. Francesco Farfa será uno de los primeros DJ's internacionales de relumbrón acorde con los tiempos en pisar la cabina. Si la memoria no me falla, esto ocurriría unas semanas antes de que lo hiciera Laurent Garnier. En ambos casos las sesiones fueron recibidas de forma tibia, con algunas deserciones y pitos del respetable en la pista. Aceptar que la música está cambiando fue duro para los habituales. El sonido hegemónico del bakalao y la mákina estaba siendo sustituido ante los rígidos oídos del respetable. Muchos no encajarán el golpe. La nostalgia se pasará a llamar fiestas "remember."


Pero corrían vientos de renovación. Florida 135 tuvo hacia 1995 un momento de transición especialmente complicado al cambiarse el sufijo "Club Sound" por el más acorde al momento "Tendenze Club." En una polémica decisión en ese momento, los DJ's residentes fueron apartados y reemplazados. Pasará a formar parte de la plantilla Tony Verdi, DJ crecido en a la vera del underground de la Barcelona olímpica, pero un completo desconocido para la mayoría en Fraga y alrededores. Las coordenadas musicales fueron adaptándose a los tiempos, pasando primero por el trance y hardbeat centroeuropeo (sonido Bonzai, Djax Up, etc) y después arrimándose ya al techno, tanto europeo como americano. Verdi aportará rápidamente frescura a los sábados de Florida 135, aunque durante esos meses se hará difícil ver el club lleno.

TerrorSound Festival, 1996
Contra todo pronóstico debido a los factores más arriba detallados y en un período de dos/tres años, Florida se aupará como una de las plazas donde mejor se escucha y baila el techno en todo el país. El hecho tiene un valor difícilmente cuantizable. Mucho que ver tiene que fuera Advanced Music quien programara la sala. Darse un paseo por su enorme parking era conocer una realidad impensable en las grandes ciudades: matriculas de coches y autobuses venidos de Pamplona, Madrid, Barcelona, Francia, Sevilla, Zaragoza, Lleida, Bilbao e incluso Valencia reflejaban algo que sólo podía ocurrir allí y en ese momento. Los paralelismos con la ruta seguían ahí, imperturbables. Nacerá también entonces el festival de Monegros. Un evento de planteamiento casi suicida (ir a bailar 24 horas con la canícula estival al desierto no es un planazo que digamos) en España se hará con la corona de los festivales dedicados exclusivamente al techno. No consigo recordar el año exacto, pero los afters se prohibirán en Catalunya hacia finales de los 90. La libertad horaria de la que gozaba la Comunidad de Aragón ayudará a que todo eso cuaje. Florida 135 podía perfectamente cerrar algunos días a las, 8, 10 o incluso 12 de la mañana. 12 horas dentro de un club en España: sí, ha pasado.



Habría que preguntarse porqué no se ha sabido mantener una programación de calidad acorde con su estatus de templo de la música electrónica. Probablemente la respuesta esté en la asimilación de las cosas. Una vez desaparecido el factor sorpresa de la novedad, desplazarse unos cientos de kilómetros con lo que ello comporta es una tarea arriesgada que condiciona la experiencia y diluye la excitación. Quizás también se trate de expectativas: dejando de lado la euforia inicial de una escena en constante e imparable crecimiento, esos line-ups estaban demasiado por encima de la realidad. En este país siempre podremos presumir de ser unos genios creando grandes bolas de nieve que terminan derretidas al final de la pendiente. Seguramente hubo durante esos años una especie de burbuja que, convenientemente estallada, ha acabado poniendo las cosas en su sitio: la programación de Florida 135 fue esos años demasiado vanguardista para una localidad de menos de 15.000 habitantes. También está el factor internet. Y otros que a buen seguro me dejo.

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