miércoles, 7 de septiembre de 2016

Acerca del cierre de fabric


Seguramente ya lo habréis leído. El legendario club londinense fabric (siempre en minúsculas) echa el candado indefinidamente tras perder la licencia por la muerte de dos jóvenes de 18 años causada por el consumo de drogas el pasado mes de junio. Desde que abriera sus puertas en 1999, seis personas han perdido la vida dentro del club de Islington. Mientras escribo estas líneas no paran de sucederse comunicados, se reúnen firmas en change.org contra el cierre y se amontonan las campañas en redes sociales. Lo último que me alcanza a leer antes de sumergirme a escribir es esto. Algo parecido aconteció en el cierre del antiguo Tresor berlinés o el Hacienda mancuniano, transformado en un abrir y cerrar de ojos en apartamentos de lujo. Las manos del capital y las políticas neoliberales suelen estar tras este tipo de movimientos.


A pesar del papel secundario con el que en términos de prestigio se suele relegar al club desde mediados de la pasada década (curiosamente ese "declive" coincide con la atomización de la música de baile), fabric fue durante sus primeros años el actor principal de escenas locales que se transformarían más tarde en universales, como la del grime o la del drum & bass, con sus rabiosas fiestas fabriclive cada viernes, donde bailar era un acto de sentir comunal, con las clases populares del sur de la ciudad tomando cada rincón del club en una vibrante celebración de la cultura negra más callejera, un sentimiento seguramente parecido al de los soundsystems jamaicanos que a partir de los años 50 cambiaron el concepto de cómo tenemos que escuchar cierto tipo de música. Justo lo contrario a lo que entonces atronaba al norte de la ciudad, dominada por la hedonista escena speed garage, sus botellas de Moet y exclusivas fiestas de etiqueta. Fue también durante muchos años el mejor sitio para escuchar tecno en Londres, ciudad de más de ocho millones de habitantes con una vida nocturna envidiable, últimamente en franca retirada. En los últimos ocho años y debido en la mayor parte de casos a la presión urbanística, la ciudad del Támesis ha perdido un 50% de clubes nocturnos y un 40% de salas de conciertos, entre ellos lugares tan emblemáticos como Madame Jojo's, The End, Astoria, Plastic People o The Metro.

Toda esa vorágine de cambios en lo musical me pilló entonces viviendo en Londres, algunas de las mejores noches de club de mi vida las pasé metido ahí dentro. Estoy seguro que mucha gente que se acercó por ahí durante esos años pensará lo mismo: los primeros años de fabric son irrepetibles en el contexto de esa época. Y es que acudir a las 11 de un viernes noche a fabriclive y ver a toda la comunidad negra brincando de lo lindo siendo el único blanco en toda la sala era siempre un chute de adrenalina, comparable solo a saltar por un puente. Además de un ambiente espectacular, siempre se suele destacar el soundsystem. Lo que habéis leído mil y una veces en RA o FACT es cierto: la sala principal te crujía vivo si acudías mal alimentado a la cita.

Las causas de su desplome reciente en términos de popularidad son básicamente achacables al turismo. La mayoría de gente de Londres empezó a priorizar otras opciones antes que la de meterse en un sitio lleno de italianos, españoles o franceses. Durante estos casi 17 años que el club ha estado activo, sus pistas han recibido a casi siete millones de personas, más o menos la población entera de Cataluña. Si bien Londres sabe siempre como reinventarse, el cierre de fabric es un golpe duro no solo para la ciudad, sino para muchos de los clubers que sienten innecesario desplazarse hasta Berlín para vibrar con un buen soundsystem. En lo personal, un pedacito de mi juventud se desvanece.

RIP.

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